Coronavirus, inflamación crónica y dieta: Lo que debes y no debes comer en tiempos de Covid-19

salmón

Conforme la pandemia por el coronavirus SARS-Cov-2 avanza, nos damos cuenta que es muy probable que tengamos que convivir con el virus durante un largo tiempo. 

Eventualmente todos tendremos que volver a nuestras actividades habituales y el riesgo de contagio nos acompañará por un rato. Las medidas de higiene como el lavado frecuente de manos, evitar tocarnos la cara y desinfectar superficies y objetos de uso común tendrán que seguir formando parte de nuestros hábitos diarios. 

Pero además, conforme  se va acumulando información con respecto al comportamiento del virus, es más fácil reconocer la importancia de una dieta saludable en tiempos de coronavirus. 

Hasta el momento no se sabe de ningún alimento o remedio que sea capaz de prevenir la Covid-19, pero es claro que el estado de nutrición juega un rol importante en la evolución de la enfermedad. Los casos severos y las muertes son más frecuentes en individuos con comorbilidades crónicas en las que prevalece un estado de inflamación sistémica, lo que ha llevado a la hipótesis de que una dieta con potencial antiinflamatorio podría disminuir el riesgo de que la Covid-19 evolucione a su forma más severa.

Inflamación y sistema inmune

El sistema inmune es un conjunto complejo de órganos, tejidos, células y sustancias químicas involucradas en la protección del organismo contra diferentes daños como los causados por virus, bacterias, parásitos y células cancerosas. 

La inflamación es una respuesta natural del sistema inmune a una lesión o infección. Es la forma en que el organismo intenta eliminar los estímulos nocivos para iniciar la curación y reestablecer el funcionamiento normal.

Como parte de esta respuesta se producen moléculas proinflamatorias como las adipocinas y citocinas que facilitan el movimiento de células hacia las áreas de inflamación en situaciones de infección o heridas, para así promover la reparación.

Sin embargo, existen situaciones en las que una respuesta inflamatoria exagerada, no controlada o crónica puede ser peligrosa e incluso mortal.

Covid-19 y respuesta inflamatoria

La respuesta inmune inducida por el SARS-Cov-2 ocurre en dos fases. 

En la primera fase, el virus se incuba y da lugar a la enfermedad ocasionando un daño leve que activa la respuesta inmune. Durante esta fase se requiere de ciertos mecanismos específicos para prevenir la progresión a la segunda fase, en la que se presenta daño severo y enfermedad grave.

Para que los mecanismos que evitan la progresión a la segunda fase funcionen apropiadamente, el individuo debe encontrarse en un buen estado general de salud, aunque también existen factores genéticos relevantes involucrados.

En algunos casos, la respuesta inmune originada por el virus puede conducir al temido síndrome de dificultad respiratoria aguda, en el que se desarrolla una inflamación súbita de los pulmones potencialmente fatal. 

Este síndrome se acompaña de la llamada cascada de citocinas, que se caracteriza por una sobrepoducción de sustancias proinflamatorias como el factor de necrosis tumoral, la interleucina-6 y la interleucina-1b, una infiltración de monocitos y macrófagos en los pulmones, una disminución drástica de linfocitos necesarios para regular la respuesta inflamatoria y un estado de hipercoagulabilidad y trombosis. En estos casos, se presenta una respuesta inflamatoria descontrolada capaz de producir falla multiorgánica y la muerte. 

En muchos de los casos severos de Covid-19, la gravedad de la enfermedad no es producto del virus, sino del potencial destructivo de la respuesta inflamatoria descontrolada que lo acompaña.

Aún se ignoran muchos aspectos sobre el SARS-Cov-2, coronavirus causante de la Covid-19, pero se han identificado algunos factores que incrementan de forma significativa el riesgo de progresar  a la forma más severa de la enfermedad. Entre ellos se encuentran las alteraciones del estado nutricional (por deficiencia o por exceso) y la preexistencia de enfermedades crónicas como la obesidad, diabetes, hipertensión, cardiopatías, enfermedad pulmonar crónica, entre otras. Todas estas enfermedades se caracterizan por una inflamación sistémica crónica.

Inflamación crónica

Existe un tipo de inflamación silenciosa que puede ser prolongada o crónica. Esta inflamación no resuelta transforma progresivamente las células presentes en el sitio afectado. En un principio, esta inflamación es subclínica o asintomática y puede ir causando daño a los tejidos durante años antes de ser diagnosticada.

La inflamación prolongada juegan un papel muy importante en el desarrollo de enfermedades crónicas como obesidad, diabetes, cardiopatías, enfermedad de Alzheimer, cáncer, enfermedades osteoarticulares y neurodegenerativas. 

La  inflamación silenciosa consume las células necesarias para promover la reparación en caso de una lesión o infección. Con el tiempo, es capaz de comprometer la capacidad de regeneración natural, por lo que favorece el envejecimiento prematuro y acelera la progresión de las enfermedades crónicas.

La inflamación crónica es promovida y mantenida por factores en la dieta, el estilo de vida y el medio ambiente. 

Estas condiciones, cuando se vuelven crónicas, favorecen el estrés oxidativo, que es un daño a los tejidos ocasionado por moléculas muy reactivas conocidas como radicales libres. Este daño promueve la producción de sustancias proinflamatorias. inhibe la producción de las células del sistema inmune que controlan la respuesta inflamatoria y favorece un estado de hipercoagulación.

Aunque se sabe poco acerca de los mecanismos de acción del SARS-Cov-2, se reconoce que las condiciones de inflamación crónica afectan la forma en que el organismo responde a los virus y otros patógenos y se piensa que la inflamación crónica exacerba la infección por este coronavirus. 

Dieta e inflamación

Existen componentes en la dieta que son capaces de modular la respuesta inmune y prevenir la inflamación. Las personas que tienen un alto consumo de alimentos y nutrimentos antiinflamatorios, por ejemplo, quienes siguen un patrón de dieta mediterránea, tienen un menor riesgo de enfermedades crónicas. Por el contrario, quienes adoptan patrones de dieta occidentales, tienen un mayor riesgo de sufrir inflamación crónica y sus consecuencias. 

Reducir el consumo de alimentos proinflamatorios e incrementar el de aquellos capaces prevenir la inflamación ha demostrado ser útil en la prevención y el tratamiento de enfermedades crónicas. Además, es probable que reduzca el riesgo de que infecciones como la Covid-19 progresen a sus formas más severas.

Alimentos y nutrimentos con potencial antiinflamatorio

Platón con ensalada de frutas y verduras

Frutas y verduras 

Este grupo de alimentos tiene un gran potencial antiinflamatorio gracias a su contenido de vitaminas como la C y la A, minerales y antioxidantes como los flavonoides y carotenos. Estas sustancias actúan como mensajeros del sistema inmune y protegen  contra la actividad de los radicales libres, moléculas que causan inflamación y daño a los tejidos. Algunos antioxidantes presentes en frutas y verduras son:

  • Quercetina, que se encuentra en alimentos como la cebolla morada, las manzanas, y los cítricos.
  • Licopeno, presente en verduras y frutas rojas o anaranjadas como los jitomates y la papaya.
  • Luteína y zeaxantina, que encontramos en verduras como las espinacas, lechuga, brócoli, espárragos y calabacitas.
  • Resveratrol, que abunda en frutas como las uvas y arándanos.
  • Vitamina C, presente en frutas y verduras como los cítricos, guayabas, kiwis, jitomates y pimientos.

Para la mayoría de las personas, se recomienda un consumo de al menos cinco porciones al día de frutas y verduras de diferentes colores.

Pescados grasos y ácidos grasos omega 3

Los pescados grasos como el atún, el salmón y la trucha son ricos en ácidos grasos poliinsaurados omega 3. Estas grasas modulan la inflamación a través de diferentes mecanismos. Se incorporan a las membranas de las células e impiden la síntesis de sustancias proinflamatorias como los eicosanoides, prostaglandinas, tromboxanos y leucotrienos.

Además, es posible que los ácidos grasos omega 3 supriman la replicación de algunos virus, los coronavirus entre ellos, por lo que se ha sugerido la posibilidad de que los suplementos de éstos disminuyan la severidad de la Covid-19. 

Habitualmente se han recomendado dosis de omega 3 de alrededor de 2g al día para tratar la hipertensión, inflamación y trombosis. No se sabe si estas dosis son suficientes para proveer beneficios inmunitarios contra la Covid-19.

Por otra parte, los pescados tienen, además de los ácidos grasos omega 3, otras sustancias bioactivas con efectos potenciales positivos en el sistema inmune, por lo que no se descarta que los efectos de los suplementos no sean exactamente iguales que los del consumo de estas grasas a partir de fuentes dietéticas.

Independientemente de que se decida o no tomar un suplemento de ácidos grasos omega 3, es recomendable de incluir al menos dos o tres porciones de pescado a la semana.

Fibra 

La fibra es un componente de algunos alimentos que no es absorbido en la parte superior del intestino. Al llegar al colon se convierte en un sustrato importante para mantener una microbiota intestinal saludable. La microbiota es el conjunto de microorganismos que colonizan un tejido o superficie.

La microbiota intestinal está involucrada en la modulación de la inmunidad y la respuesta inflamatoria y sus alteraciones se asocian tanto con el desarrollo de enfermedades crónicas como con un mayor riesgo de enfermedades infecciosas. 

Para el mantenimiento de una microbiota saludable se requiere una dieta rica en fibra soluble (que se encuentra en alimentos como la avena, leguminosas y frutas) y fibra insoluble (que se encuentra principalmente en los cereales integrales y algunas verduras).

Se recomienda un consumo diario de 25 a 35 gramos de fibra, que puede cubrirse si se consumen diariamente al menos cinco porciones de frutas y verduras, cuatro o cinco porciones de cereales integrales y se incluyen en la dieta leguminosa como frijoles o lentejas con regularidad.

Vitamina D 

Esta vitamina liposoluble interviene en la regulación de la respuesta inmunitaria. Es posible que las personas que tienen una deficiencia de este nutrimento tengan un mayor riesgo de enfermedades inflamatorias crónicas e infecciones. No se sabe si administrar suplementos de vitamina D a personas sin deficiencia aporte beneficios preventivos o terapéuticos adicionales. 

La recomendación diaria de vitamina D para adultos es de 600 a 800 UI diarias. Las personas más vulnerables a la deficiencia de esta vitamina, como los adultos mayores, las personas con escasa exposición a la luz solar o quienes siguen un patrón de dieta vegetariano estricto deberían consultar con su médico la conveniencia de tomar un suplemento con una dosis mayor.

La vitamina D se sintetiza en la piel al exponerse a la luz solar y también se obtiene a través de alimentos como los pescados grasos, yema de huevo y lácteos fortificados.

Vitamina E 

La vitamina E es una vitamina liposoluble con potencial antioxidante. Previene la oxidación de las grasas en las membranas celulares y reduce la producción de radicales libres, por lo que protege contra el estrés oxidativo y previene la inflamación.

La recomendación diaria de vitamina E es de 15 mg al día y puede obtenerse a través de la dieta en alimentos como los frutos secos, aceites vegetales y cereales fortificados.

Zinc

Este nutrimentos inorgánico regula diversas reacciones enzimáticas en el organismo y es necesario para el desarrollo de las células del sistema inmune. Tiene la capacidad de inhibir la inflamación al suprimir la producción de citocinas y regular la producción de linfocitos. La deficiencia de zinc altera la respuesta inmune, pero los resultados de estudios en los que se han usado suplementos de zinc para prevenir infecciones en sujetos sin deficiencias son contradictorios. 

Por otra parte, estudios indirectos in vitro sugieren la posibilidad de que el zinc disminuya la actividad de una enzima que se encuentra en las membranas celulares de los pulmones y otros órganos y que se cree que es un receptor del SARS-Cov-2. En consecuencia, se ha propuesto que el zinc podría ser útil en el tratamiento de la Covid-19.

La recomendación diaria de zinc es de 8 a 11 mg al día para los adultos, pero se han sugerido dosis de hasta 30 a 50 mg diarios como medida de prevención contra infecciones virales.

La dosis diaria recomendad de zinc puede obtenerse a través de la dieta a partir de alimentos como las carnes, lácteos y leguminosas.

Componentes de la dieta que favorecen la inflamación crónica

Plato con trozos de pollo frito y aderezo cremoso

Azúcar y alimentos de alto índice glucémico

El consumo excesivo de azúcar añadida y de alimentos con índice glucémico alto favorecen alteraciones metabólicas, acumulación de grasa abdominal y niveles altos de glucosa en sangre. La glucosa produce estrés oxidativo e induce la respuesta inflamatoria y trombosis.

El azúcar añadida es toda aquella que se agrega a alimentos, bebidas y platillos para endulzarlos o conservarlos a la hora de prepararlos en casa o en el procesamiento de productos industrializados. Puede estar en forma de sacarosa, fructosa, miel y jarabes. 

Son fuentes de grandes cantidades de azúcar añadida, además del azúcar de mesa, los refrescos, bebidas y leches saborizadas, dulces y postres. 

La Organización Mundial de la Salud recomienda un consumo de azúcar añadida menor al 5% de las calorías totales ingeridas. Esto representa un total no mayor a 20 a 25 g al día para la mayoría de las personas.

Hay algunos alimentos que aún cuando no contengan azúcar añadida, favorecen un incremento rápido de la glucosa en sangre porque tienen un índice glucémico alto. Entre ellos se encuentran el pan blanco, las papas, el arroz regular y los cereales instantáneos para el desayuno. Es recomendable comerlos con menor frecuencia  y combinarlos con alimentos de índice glucémico bajo en el mismo tiempo de comida cuando no sea posible evitarlos. 

Exceso de grasas

Una dieta rica en grasas favorece un incremento en la producción de macrófagos y citocinas porinflamatorias como la IL-6. Además, los cambios inflamatorios en el hígado producidos por una dieta rica en grasa, empeoran la resistencia a la insulina y esteatosis hepática (acumulación de gotas de grasa en el hígado), que puede progresar a daño hepático crónico. 

Sin embargo, no todas las grasas en la dieta son iguales. Aunque una dieta con un contenido alto de grasa total se ha relacionado con la inflamación crónica, al analizar por separado el efecto de distintos tipos de grasa se encuentra que hay diferencias. 

Las grasas saturadas y las grasas trans afectan más profundamente la acumulación de grasa visceral, el funcionamiento de los macrófagos y favorecen la disfunción metabólica y la inflamación. Por el contrario, las grasas monoinsaturadas, y los ácidos grasos polinsaturados omega 3, tienen efectos antiinflamatorios. 

Así que para reducir los efectos proinflamatorios de una dieta rica en grasa es recomendable limitar el consumo de platillos fritos, como las papas a la francesa, las donas y los churros, carnes rojas y procesadas, margarinas, alimentos industrializados con alto contenido de grasa y productos de repostería como bizcochos, galletas y pasteles.

Para incrementar el consumo de grasas buenas, además de incluir pescado en la dieta como ya se mencionó arriba, es recomendable cocinar y aderezar los alimentos con grasas saludables como el aceite de oliva, el aguacate y las oleaginosas como nueces, almendras y cacahuates.

En la siguiente infografía encontrarás un resumen de lo que deberías comer y lo que deberías evitar para mantener un sistema inmune saludable y disminuir la inflamación crónica.

Factores del estilo de vida importantes para modular la inflamación

Además de la dieta, algunos elementos del estilo de vida y del medio ambiente pueden favorecer o evitar la inflamación. Para reducir el riesgo de inflamación crónica y sus consecuencias es importante, además de adoptar una dieta saludable:

  • Evitar o tratar la acumulación excesiva de grasa corporal, sobre todo aquella acumulada a nivel de la cintura
  • Hacer ejercicio físico con regularidad
  • Dejar de fumar
  • Dormir bien
  • Controlar el estrés
  • Evitar la exposición crónica a antígenos (sustancias a las que una persona es alérgica o sensible).

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Autor: Mariana Alvarez Aceves

Licenciada en Dietética y Nutrición, Doctora en Ciencias Económico Administrativas. Amante de la docencia, la investigación y la nutrición basada en la evidencia.

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